En el ámbito de la ganadería brava, conocer con exactitud las edades de los toros de lidia no es un detalle menor: es un pilar técnico, zootécnico y legal. La edad condiciona la alimentación, el manejo, la selección, la aptitud para la lidia, el valor comercial y, por supuesto, el cumplimiento del reglamento taurino.
La tradición ganadera ha perfeccionado, durante siglos, métodos precisos para determinar la edad de las reses, siendo los dos sistemas más fiables y universalmente aceptados el estudio de la dentadura y el examen de las astas. Ambos procedimientos permiten una valoración objetiva, incluso cuando no existe documentación fiable del nacimiento, algo especialmente relevante dentro de la crianza de toros de lidia, donde el conocimiento del ciclo vital del animal resulta determinante.
La clasificación por edad en el ganado bravo sigue una terminología precisa, consolidada por la práctica ganadera y la normativa taurina:
De forma complementaria, también se utilizan estas denominaciones:
Esta nomenclatura no es ornamental: determina el destino del animal, su manejo y su encuadre reglamentario, aspectos que hoy pueden comprenderse de forma directa mediante una visita ganaderia, donde el visitante observa en vivo cada etapa del desarrollo del toro bravo.
Además de los años naturales, en el campo bravo se emplea el conteo por hierbas, entendidas como primaveras pastadas.
Dado que la mayoría de los becerros nacen en invierno, al llegar la primavera siguiente ya consumen su primera hierba, por lo que suelen tener una hierba más que años reales.
Ejemplo práctico:
Este sistema sigue siendo muy utilizado entre mayorales y ganaderos, ya que conecta directamente con el ciclo natural del campo y con el conocimiento tradicional transmitido de generación en generación.
Aunque existen signos externos que permiten una aproximación —como el desarrollo del morrillo, el descenso testicular, la longitud de la cola o la estructura corporal—, los métodos verdaderamente fiables son:
Ambos métodos se complementan y ofrecen una alta precisión cuando se interpretan correctamente, siempre teniendo en cuenta la anatomía del toro bravo, que condiciona la evolución física y morfológica del animal con el paso del tiempo.
El toro posee:
Los incisivos se clasifican en:
Estos dientes pueden ser caducos (de leche) o permanentes, y su evolución permite determinar la edad con gran exactitud.
A los dos años, se desprenden las pinzas de leche, siendo sustituidas por las permanentes (señales P.P.).
A los cinco años, el toro ya presenta dentición completamente adulta.
Desde los seis años, la edad se estima por el desgaste progresivo:
A partir de esta edad, los dientes se acortan, se separan y terminan reduciéndose a pequeños raigones, signo inequívoco de vejez avanzada.
El estuche córneo aparece alrededor de los doce meses y crece aproximadamente un centímetro por mes. A partir del primer año comienzan a observarse anillos o rodetes, fundamentales para el cálculo de la edad.
A partir de los cuatro años, cada año genera un nuevo rodete inferior, perfectamente visible.
Desde el tercer año, el cálculo es claro y directo:
Edad real = número de rodetes + 2 años
Método práctico:
Este sistema permite una estimación muy precisa, especialmente en animales adultos.
A partir de los diez años, los cuernos:
Este cambio morfológico refuerza la estimación obtenida por dentadura.
Determinar correctamente la edad del toro de lidia es clave para:
En ganadería brava, un error de edad no es un error menor.
El conocimiento profundo de las edades del toro de lidia, basado en el análisis de la dentadura y las astas, representa una de las competencias técnicas más importantes del profesional del campo bravo. Estos métodos, precisos y contrastados, permiten una valoración objetiva incluso en ausencia de registros.
Comprenderlos no solo preserva la tradición, sino que garantiza rigor, legalidad y excelencia ganadera. Porque en el toro bravo, cada año cuenta… y deja huella.